jueves, noviembre 5

Seduciendo a los inocentes

Supongo que todos conocéis la serie de películas Saw. Son films de terror (?) centrados en la tortura, las mutilaciones y la casquería, un franquicia de gran éxito entre los adolescentes. Pues bien, este año estaba previsto el estreno de la sexta entrega de la serie, pero de repente el Ministerio de Cultura decidió clasificarla como X, una calificación que únicamente se aplica a los films pornográficos y que obliga a que Saw VI sólo pueda exhibirse en salas dedicadas al porno. Dado que en España no quedan más que cuatro o cinco salas X, la clasificación de Cultura es en realidad un veto a su estreno. ¿Cuál ha sido el motivo que aduce Cultura para esta decisión? Pues que la película contiene una apología de la violencia que podría afectar negativamente a los jóvenes espectadores (¿y las cinco anteriores no?, me pregunto).

Debo aclarar que sólo he visto la primera película de la serie y no me gustó. No es cine de terror, sino de asco y grima; el llamado gore, un género que no me interesa lo más mínimo. Lo que me preocupa de la decisión de Cultura no es que esa película en concreto se estrene o no, lo cual me importa un bledo, sino el hecho de que se trate de un acto de abierta censura. Aunque esto, en realidad, está relacionado con la vieja creencia de que ciertas lecturas, espectáculos y juegos pueden pervertir las mentes de los niños y adolescentes, conduciéndoles al vicio, el delito y la violencia.

Un instructivo ejemplo de esa creencia es el Comic Code. En 1954, el psicólogo Fredric Wertham publicó La seducción del inocente, un ensayo en el que afirmaba que los cómics, en particular los de gángsters, terror y superhéroes, provocaban en los jóvenes una emulación de las conductas viciosas y violentas que aparecían en sus páginas. Es decir, los cómics pervertían a los inocentes. Entre otras genialidades, Wertham sostenía que Batman y Robin proyectaban una imagen de amantes homosexuales, o que Wonder Woman ofrecía una segunda lectura relacionada con la sumisión y el bondage, y su carácter independiente ponía de manifiesto su condición de lesbiana. Según decía Wertham: “Los comics en el peor de los casos son demoníacos; en el mejor simple basura”. A raíz de la publicación del libro, el Subcomité del Senado sobre Delincuencia Juvenil creó el Comic Code, un severo reglamento por el que deberían regirse los cómics. Estos son algunos de sus artículos:

- Las fuerzas del orden nunca podrán mostrarse de forma negativa que induzca a criticar su labor.
- Los criminales siempre recibirán su merecido castigo al final de la historia.
- La unidad familiar ha de ser siempre presentada desde un punto de vista positivo, decente y moral.
- Ningún cómic llevara en su portada palabras como "Terror", "Horror", "Crimen" o similares que puedan herir la sensibilidad de sus jóvenes lectores.
- Ningún cómic mencionará en sus argumentos temas como la homosexualidad o las drogas que puedan contribuir a fomentar el vicio entre la juventud.

Una de las primeras consecuencias del Comic Code fue que una editorial, E.C., especializada tebeos de terror, se vio obligada a clausurar la mayor parte de sus publicaciones. Pero es que eso del terror siempre ha tenido muy mala prensa, como yo mismo pude constatar en cierta ocasión. El colegio al que iban mis hijos organizaba anualmente unas jornadas dedicadas a la literatura de género; un año tocaba policíaco, otro fantasía, otro ciencia ficción, etcétera. Yo colaboraba en esas jornadas y el año que tocó tratar el género de terror les pedí a los alumnos que leyeran Carrie, de Stephen King, con el objeto de realizar un posterior debate sobre la novela. Pues bien, llegó el día del debate y descubrí que ningún alumno había leído la novela, porque la profesora de literatura había movilizado a las madres para evitar que sus hijos se vieran contaminados por un género tan pernicioso como el terror.

Pero no se trata sólo de cine o tebeos. ¿Recordáis a José Rabadán, el asesino de la katana? Mató a sus padres y a su hermana con una espada japonesa. Pues bien, resulta que Rabadán era muy aficionado al juego de consola Final Fantasy, así que el asunto estaba claro: la culpa del crimen la tenían los videojuegos violentos. ¿Y qué me decís de Javier Rosado, el tipo que, junto con su amigo Félix M., cometió un asesinato siguiendo las instrucciones de un juego de rol que él mismo había inventado? En cuanto se divulgó la noticia, el rol fue satanizado por la opinión pública, pues evidentemente se trataba de un juego que pervertía a los jugadores. Al parecer, el hecho de que Rosado fuese un psicópata de libro no tenía nada que ver con el asunto.

La cuestión es que todos los estudios científicos que se han realizado sobre esta cuestión demuestran que no hay correlación alguna entre lo que leen, ven y juegan los jóvenes y su comportamiento social. Y esto es así por un motivo muy sencillo: los niños y adolescentes tienen perfectamente clara la diferencia entre ficción y realidad. Es más, muchas veces, los juegos violentos, lejos de ser una causa de tensión, sirven de válvula de escape. ¿Disfrutar con historias de terror propicia la crueldad o el sadismo? Pues exactamente en la misma media que montar en una montaña rusa predispone al suicidio. Es decir, en lo más mínimo. De hecho, la comparación con la montaña rusa resulta apropiada, porque esa atracción, al igual que ocurre con el terror, es una forma de exponernos a determinadas emociones de manera controlada, sin peligro.

Ahí reside la clave del asunto; las películas de terror, los juegos violentos y las atracciones de feria sirven para sobrepasar ciertos límites... manteniendo el control. Porque cuando éste se pierde, cuando la montaña rusa descarrila o vivimos una realidad terrorífica, la cosa deja de tener gracia. En cualquier caso, es innegable que los seres humanos somos morbosos por naturaleza, y para constatarlo basta con observar cómo en una carretera los coches disminuyen la velocidad cuando pasan al lado de un accidente. La sangre nos horroriza, pero también nos fascina. Y es igualmente innegable que los humanos, sobre todo los varones, somos violentos. No tiene sentido negar nuestros instintos negativos; lo que hay que hacer es encauzarlos hacia territorios inofensivos, como el cine, la novela y los cómics de terror, los juegos, las montañas rusas o el mismísimo fútbol, que a fin de cuentas no es más una estilización de la guerra.

Pese a todo esto, cada vez que algún joven comete una barbaridad, el griterío público le echará las culpas al género de terror, a los videojuegos, al rol, a los cómics, a la TV, a los Tamagochis o a cualquier cosa que les suene rara a los adultos. En el fondo, esta actitud sólo es un modo de sacudirse responsabilidades de encima. Si la juventud está en crisis (nótese que empleo el condicional), no se deberá a que los niños actuales se estén criando prácticamente solos, ni a la ausencia de las figuras paternas, ni a las deficiencias educativas, ni a la nula transmisión de valores, ni al empleo de la TV como niñera, ni a la agresividad de nuestras sociedades urbanas, no, no, ni mucho menos. Si la juventud está en crisis, la culpa la tiene, sin el menor género de dudas, la serie de películas Saw.

sábado, octubre 31

Halloween

Como los merodeadores habituales de Babel saben, me encanta Halloween. No es la primera vez que lo digo, y si alguien quiere conocer mis razones no tiene más que buscar en entradas antiguas correspondientes a esta fecha. Pero es que este año, amigos míos, tengo un motivo más para celebrar esta fiesta.

Recientemente, el obispo de Sigüenza-Guadalajara, don José Sánchez, ha dicho que "costumbres paganas como ésta" pueden hacer desaparecer costumbres cristianas "arraigadas y beneficiosas". Añadió que se puede "correr el riesgo de que, a impulsos del comercio, del consumo y de la moda, costumbres como ésta, paganas, importadas, prevalezcan y hasta desplacen costumbres cristianas como la devoción a los santos y la oración por los difuntos". Ya el año pasado alzaron los obispos sus voces contra Halloween. En concreto, Joan María Canals, director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia, advirtió en una entrevista que Halloween "no es inocente, pues tiene un trasfondo de ocultismo y de otros tipos de corrientes que dejan su huella de anticristianismo".

Una de las acusaciones más generalizadas que se le hacen a Halloween es que se trata de una fiesta “importada”. No como, por ejemplo, nuestra autóctona Navidad, donde celebramos algo tan español como el nacimiento de un judío en un remoto lugar de Oriente Medio. Y lo celebramos poniendo belenes, tan nuestros, tan españoles... aunque procedan de Nápoles. Otra queja de los obispos es que Halloween pretende suplantar al día de todos los santos (el 1 de noviembre) y al día de los fieles difuntos (el 2 de noviembre), lo cual es falso por dos poderosos motivos. En primer lugar porque Halloween se celebra la noche anterior al día de todos lo santos, no ese mismo día. En segundo lugar porque fue la Iglesia quien fijó el día de los difuntos el 2 de noviembre (en concreto, lo hizo el papa Gregorio III en el siglo VIII) para sustituir a la arraigada festividad celta de Samhain, que es el origen de Halloween. Fue la Iglesia quien prohibió las festividades paganas milenarias sustituyéndolas por fiestas importadas o, simplemente, inventadas.

Por último, que nadie piensa que Halloween se ha impuesto a base de marketing o a por la ingerencia cultural de EE UU a través del cine y la TV, porque es falso. Vamos a ver: el origen de todo esto es Samhain, una festividad celta extendida por media Europa. Al imponerse el cristianismo, Samhain se adaptó a los tiempos convirtiéndose en Halloween (que en inglés antiguo significa “víspera de todos los santos”), así que, paradójicamente, Halloween es un sincretismo católico. Durante la Edad Media, Halloween se celebraba en muchos lugares de Europa, incluyendo a España. La opresión del cristianismo acabó erradicando Halloween de la mayor parte de los países, salvo de las Islas Británicas, donde siguió celebrándose. En el siglo XIX, los emigrantes irlandeses introdujeron Halloween en Estados Unidos y se popularizó rápidamente. Y luego, en el siglo XX, volvimos a oír hablar de Halloween a través de las películas y los telefilmes norteamericanos.

Pero esa “ingerencia cultural” yanqui no bastó para implantar la fiesta entre nosotros. Eso ocurrió después, a partir de los años ochenta, y fue algo totalmente espontáneo. La cosa es muy sencilla: los colegios norteamericanos y británicos que hay en España, sobre todo en Madrid y Barcelona, celebraban Halloween. Y los niños españoles de otros colegios contemplaron lo que hacían los niños de esos liceos y les encantó. Y comenzaron a imitarles, y poco a poco todos los colegios empezaron a incluir Halloween entre sus actividades lúdicas, y luego el asunto se extendió por toda España y... vale, finalmente el marketing se ha apropiado de Halloween, pero joder ¿acaso el marketing no se apropia de cualquier cosa que pueda dar pasta? Si renunciáramos a todo aquello que ha sido fagocitado por el marketing no podríamos ni leer, ni ir al cine, ni limpiarnos el trasero siquiera.

En resumen: Halloween se ha impuesto entre nosotros porque es una fiesta divertidísima para los niños, así de simple. Paraos un momento a pensarlo, imaginaos que volvéis a tener nueve o diez años y hay un día al año en que os disfrazáis de monstruos y os dejan salir de noche, y dais sustos a la gente, y recolectáis golosinas, y gastáis bromas... ¿no os gustaría algo así? A mí, desde luego, me habría encantado. ¿Y qué es lo que propone la Iglesia a cambio? Ir a rezar a los cementerios; no veas tú qué juerga.

Los obispos reprueban Halloween, lo cual hace que mi cariño por esa fiesta no haga más que aumentar. Mis hijos ya han crecido y no necesitan caretas para demostrarme que son unos vampiros chupasangre (es broma), pero me sigue encantando el brillo en los ojos de los hijos de mis vecinos cuando tocan a mi puerta gritando ¡truco o trato!, y por eso compré ayer un montón de golosinas. ¿Queréis ositos de goma, regaliz rojo, caramelos de melón, moras, marshmallows o lacasitos? Pues no tenéis nada más que llamar esta noche a mi puerta disfrazados de zombis o de brujas. Todo monstruo será bienvenido.

¿Halloween es una fiesta pagana? Claro, eso es lo bueno.

¡Feliz Halloween/Samhain, amigos!


martes, octubre 27

La Hoz de Beteta

El pasado fin de semana he visitado uno de los lugares más bellos y desconocidos de España: la Hoz de Beteta, en la Serranía de Cuenca. Se encuentra al norte de la provincia, entre las localidades de Beteta y Puente Vadillos, y abarca un tramo de unos seis kilómetros en los que la carretera sigue el trazado del río Guadiela.

La Hoz de Beteta debe de ser impresionantemente bella en cualquier momento, pero ahora, en otoño, te quita el aliento. La vegetación, muy abundante, adopta todas las gamas del verde, el amarillo y el ocre, con brochazos naranjas y rojos, los farallones de caliza parecen esqueletos de bestias fabulosas y el agua, pese a la ausencia de lluvias, corre por todas partes. Es un lugar increíble, y más increíble resulta lo poco que se le conoce.

Cerca de allí está la Laguna del Tobar, la Hoz de Priego (similar a la de Beteta, pero más pequeña) o el nacimiento del río Cuervo, aunque lo cierto es que toda la zona es una maravilla. Además, se come muy bien y a buen precio y la gente es de lo más amable. Así que, si no tenéis nada mejor que hacer el próximo fin de semana (y si no vivís demasiado lejos de allí), os sugiero que os deis un paseo por esa zona; pero no lo dejéis para más tarde, porque es ahora cuando los colores del otoño llenan de magia ese lugar extraordinario. Hacedme caso; me lo agradeceréis.

sábado, octubre 17

Aplauso


Dicen que el principal defecto de los españoles es la envidia. No sé si esto es cierto, pues los españoles tenemos tantos defectos que elegir el mayor de ellos se me antoja complicado; no obstante, no cabe duda de que somos un país de envidiosos. Y mira que ese es un pecado estúpido, porque, por ejemplo, con la gula o la lujuria al menos te lo pasas bien, pero con la envidia lo único que consigues es una úlcera.

Supongo que la razón de que seamos tan envidiosos reside a la larga tradición de mediocridad de nuestro pueblo; una tradición de, al menos, cuatrocientos años que se vio sustancialmente reforzada durante la dictadura de ese tipo bajito, panzón y ridículo que ahora no me acuerdo cómo se llamaba. El caso es que los mediocres sólo aceptan vivir en la mediocridad y no soportan que nadie ni nada sobresalga. Son como una tribu de pigmeos en la que sólo se pudiera medir un metro cuarenta o menos, y si alguien es más alto se le corta la cabeza. En eso somos expertos: en cortar cabezas. Por ejemplo, cuando en nuestro mediocre ámbito cultural surge un creador capaz de aunar calidad y popularidad, nuestra inteligentsia se apresura a afilar la guillotina. Ese es el caso, por ejemplo, de Alejandro Amenábar.

Recuerdo que cuando vi Tesis saqué dos conclusiones. La primera, que se trataba de una historia muy poco creíble. La segunda, que estaba cojonudamente narrada (tanto que, mientras las veías, te tragabas sin rechistar la increíble historia). Abre los ojos no hizo más que confirmarme que Amenábar es un extraordinario narrador y con Los otros llegué a la conclusión de que, dejando aparte a Víctor Erice, se trata con diferenciadel mejor narrador de nuestro cine. Incluso me gustó Mar adentro, que mira que es tramposa... El problema es que Amenábar no sólo me gusta a mí, sino a muchísima gente, y ha ganado muchos Goyas, y un Oscar, y sus películas son muy taquilleras, y ha trabajado con estrellas de Hollywood... En fin, demasiadas afrentas para nuestra mediocre élite cultural.

Así que, de unos años a esta parte, se ha ido desarrollando en España una reducida, pero ruidosa, corriente anti-Amenábar que con el estreno de su última película parece haberse consolidado definitivamente. De Ágora he oído y leído decir que era correcta, pero fría, que era un film megalómano, que estaba vacío, que carecía de frescura...

Hace un par de semanas, fui a ver Ágora. Me gustó. Mucho. Y, lejos de parecerme una película fría, me emocionó como pocas películas me han emocionado. Aunque, eso sí, la clase de emoción que me provocó no es la usual, sino una especie de emoción-intelectual que, si andas un poco despistado, puedes confundir con frialdad. En cuanto a si es o no un espectáculo vacío... Sin duda es un espectáculo (no deja de ser un peplum), tan bien narrado como todas las obras de su director, pero de ninguna manera está vacío. De hecho, cada una de sus imágenes está en función de un mensaje que no por sencillo deja de ser extraordinariamente importante: el enfrentamiento entre la razón y el fanatismo, la colisión entre ciencia y superstición. A decir verdad, Ágora trata precisamente de aquello en lo que creo más fervientemente: que la razón, la inteligencia, es el único camino noble y recto para el ser humano, y que la irracionalidad siempre es peligrosa y potencialmente destructiva.

No voy a hacer una crítica de la película, pero me gustaría señalar uno de sus grandes aciertos: esos planos cenitales que, en ocasiones, se alejan tanto que la cámara sale al espacio exterior y nos muestra el planeta Tierra en la inmensidad del cosmos. Esos planos modifican nuestro punto de vista y nos revelan que la película no trata en realidad sobre una mujer en una remota ciudad de la antigüedad, sino de algo mucho más amplio que nos afecta a todos en cualquier momento y en cualquier lugar.

Es cierto que la película tiene trampas (¿qué obra narrativa no las tiene?). Por ejemplo, como señala Luis Manuel Ruiz en su excelente blog, los filósofos que aparecen en el film son encantadores y dan ganas de abrazarlos a todos (particularmente a Rachel Weisz, una de mis debilidades), mientras que los cristianos parecen sacados de una película de terror. No obstante, conviene recordar que la película está basada en hechos históricos, y es cierto que los cristianos arrasaron la biblioteca de Alejandría, y que cometieron matanzas, y que se adueñaron de la ciudad, y que mataron y descuartizaron a Hipatia. Todo eso es auténtico. No debemos olvidar que gran parte de la historia del cristianismo parece escrita a dos manos por Edgar Alan Poe y Richard Laymon.

Por último, me gustaría contaros una anécdota. Fui a ver Ágora (con Pepa y nuestro hijo Pablo) al Kinépolis. La sala estaba llena. Al final de la película, tras un silencio, el público comenzó a aplaudir, y yo me sumé al aplauso. Pues bien, hay algo de lo que estoy seguro: la gente aplaudía a una buena película, sí, pero sobre todo aplaudía al mensaje de esa película. Y eso, ese espontáneo aplauso, me emocionó tanto o más que el film, pues me hizo concebir la esperanza de que no todo está perdido para nosotros, los torpes, estúpidos y patéticos seres humanos.

jueves, septiembre 24

La pared de hielo

Por si alguien siente curiosidad, en el blog El resto es silencio, especializado en publicar relatos españoles de fantasía y ciencia ficción, acaba de aparecer mi relato La pared de hielo, que ganó Premio Alberto Magno de 1992. Fue publicado por primera vez en la hoy desaparecida revista Cyberfantasy y luego pasó a formar parte de mi antología El Círculo de Jericó (Ediciones B, 1995).

A principios de los 90, cuando volví escribir ficción, llevaba tiempo dándole vueltas a dos argumentos para relato corto. De una de ellas, surgió mi cuento El rebaño; la otra era una sencilla pregunta: ¿qué pasaría si se pudieran diseñar virus genéticos capaces de actuar en los humanos como los virus informáticos en los ordenadores? Mi respuesta fue La pared de hielo, un relato que tuvo cierta repercusión en el mundillo del fantástico español de aquel entonces. En esa época, yo acababa de retomar la escritura después de una larga década de inactividad literaria, así que aún estaba tanteando mis posibilidades y explorando caminos narrativos. El primer relato que escribí fue El mensaje perdido (una reelaboración de otro cuento anterior, Crónicas del amor en mal estado, redactado en 1980); el segundo fue El rebaño, y el tercero el que ahora nos ocupa .

Escribí este relato con el objetivo de presentarme al premio Alberto Magno, pero tenía un problema: las bases del premio estipulaban una extensión máxima de 50 páginas, y mi historia necesitaba por lo menos el doble. Para ajustarme a la extensión requerida tendría que hacer unas elipsis brutales y eso esquematizaría el texto demasiado. A punto estuve de tirar la toalla, pero entonces se me ocurrió la solución: contar la historia en primera persona, comenzando por el final y empleando sucesivos flash backs no siempre de forma ordenada. Además, el narrador es un tipo seriamente perturbado cuya cabeza está sumida en el caos. Funcionó. Al contar la historia sin aparente orden y en forma de recuerdos fragmentados, las elipsis se disimulaban y el gancho del misterio aumentaba.

Anteayer, después de no sé cuántos años, volví a leer La pared de hielo. En cierto modo, es un texto primerizo con no pocas torpezas, sobre todo en el manejo de la prosa. Además –y de esto ya me di cuenta en su momento-, al disponer de escasa extensión para las necesidades de la historia, no pude, o no supe, desarrollar los personajes, que quedan un tanto planos. Sin embargo –e intento ser objetivo-, narrativamente funciona francamente bien. Aunque se lee con facilidad, tiene una estructura condenadamente compleja (creo que ha sido el texto que más me ha costado escribir); al saltar constantemente adelante y atrás en el tiempo, debía medir mucho la dosificación de la información, pues si se me iba la mano me cargaba el enigma y si me quedaba corto el texto resultaría incomprensible. Hay un detalle del que todavía hoy me siento orgulloso: en las dos primeras páginas del relato cuento todo lo que va a pasar, de pe a pa, destripo completamente el argumento y revelo el secreto de la historia. Pero lo hago de forma desordenada y descontextualizada, así que el lector lo lee como si fuese una locura sin pies ni cabeza, hasta que, al llegar a las últimas página, todo cobra sentido. Lo reconozco, me gustan esos jueguecitos con el lector (pero precisamente en jugar a eso consiste narrar, ¿no?)

Me estremezco al pensar que casi han pasado veinte años desde que escribí La pared de hielo. En fin, me hundiría en la nostalgia, de no ser porque la nostalgia ya no es lo que era...

martes, septiembre 22

Interludio: una recomendación y un aplauso

Recomendación: El domingo pasado vi Malditos bastardos, de Tarantino. La película, muy irregular (por ser clementes), contiene algo de lo mejor y mucho de lo peor del director; hay escenas soberbias y otras, la mayoría, demasiado alargadas. Las continuas referencias al spaghetti western resultan a veces un tanto cargantes (la primera aparición del Oso Judío es puro Leone, pero el peor Leone). El film es, a lo sumo, distraído pero poco más; de no ser porque existe Death Proof, sería la peor película de Tarantino. Sin embargo, os la recomiendo, porque la actuación de Christoph Waltz, en el papel del coronel nazi Hans Landa, es antológica. Cada vez que aparece, la película se anima y remonta el vuelo. Sin duda, se trata de uno de los mejores villanos de la historia del cine y es la única razón por la que resulta imprescindible ver esta, por lo demás, olvidable película. No os lo perdáis.


Aplauso: Ya resulta un tanto reiterativo hablar de la selección española de baloncesto, porque son tan buenos que a uno no le queda más remedio que repetirse. El domingo pasado, la selección se proclamó –por fin- Campeona de Europa. Tras una primera manga en la que parecieron una caricatura de sí mismos y que a todos nos mantuvo con los pelendengues de corbata, el resto del campeonato fue un paseo a lo largo del cual ningún rival les hizo la menor sombra. Se impusieron con absoluta rotundidad, demostrando que son la mejor selección del mundo... después de quienes ya sabéis. Y si vale de algo mi opinión, tienen la mejor defensa del baloncesto mundial. Lo dicho, un aplauso para ellos.

martes, septiembre 15

Generaciones

Supongo que habéis oído hablar de los incidentes entre jóvenes y policías que se produjeron el pasado cinco de septiembre durante las fiestas de Pozuelo de Alarcón, una localidad, por cierto, muy cercana a donde vivo. He dicho “supongo”, pero debería haber puesto “seguro”, porque desde que se produjeron aquellos disturbios los medios de comunicación no han parado de hablar de lo chungos que son nuestros jóvenes, de su falta de valores y compromiso, de su carencia de disciplina y de su nulo respeto a la autoridad...

Bla, bla, bla, lo mismo de siempre, la vieja y machacona cantinela. Desde que la humanidad existe –o al menos desde que la palabra “futuro” es sinónimo de cambio-, cada generación se ha quejado de la siguiente empleando términos similares a los descritos en el párrafo anterior. Por ejemplo, mi generación; ahora que he superado ampliamente el medio siglo de edad y tengo dos hijos de 22 y 19 años, escucho con frecuencia a compañeros generacionales echar pestes de los jóvenes actuales, acusándoles de tenerlo todo fácil y carecer de los valores que nos adornaban cuando éramos briosos y nobles mozalbetes. Y no puedo evitar preguntarme: ¿pero de qué coño de valores están hablando? No sé, a veces pienso que mi juventud fue muy rara, porque lo que yo recuerdo son jóvenes tan pasados de vueltas –o no- como los de ahora. En serio, me parto de risa cuando oigo hablar, por ejemplo, del “problema que la juventud tiene hoy con el alcohol”. ¿Hoy? Por favor, el alcohol ha sido un problema para todas las juventudes desde que alguien decidió beberse el mosto de uva pese a haber fermentado. Y no sólo es un problema propio de la juventud, ni mucho menos, porque los adultos le damos al morapio que da gusto. Como siempre.

Pero así somos de repetitivos; tenemos la memoria histórica de un pez de colores. Nuestros padres nos decían: “Teníais que haber pasado una guerra”, y ahora les decimos a nuestros hijos: “Teníais que haber pasado una dictadura”. Pues no, mire usted. ¿Que los jóvenes de ahora lo tienen más fácil que lo tuvimos nosotros? Por supuesto; pero es deber de cada generación conseguir mejores condiciones de vida para la siguiente. A fin de cuentas, eso es el progreso, ¿no? Y nadie debería pasar una guerra o una dictadura, porque puede que eso te haga más fuerte, pero también más tarado. En realidad, los jóvenes actuales son muy diferentes a los de otras épocas en lo superficial, pero en lo básico son idénticos. La naturaleza humana se maquilla, pero no cambia.

Puede que alguien objete: “Pero estos jóvenes apedrean a la policía”. Y yo respondo: “¿Acaso nosotros no hacíamos lo mismo?” Ah claro, aquella policía nuestra representaba al fascismo, mientras que los actuales maderos forman parte de una democracia. Es decir, que un joven es un héroe atiborrado de valores si lanza piedras a las fuerzas del orden, destroza el mobiliario urbano y quema coches en nombre de la revolución, pero un gamberro si lo hace por defender su derecho a celebrar un botellón. Vale, hay diferencias entre un cosa y otra, no lo niego; pero si nos paramos a pensarlo bien, ¿no se trata en el fondo de lo mismo?

Seamos sinceros: cuando participábamos en algaradas contra la dictadura, cuando arrojábamos piedras a los grises, ¿nos estábamos rebelando contra el franquismo, o contra el franquismo y contra la autoridad en general? ¿No puede ser que en realidad alguna de esas piedras las lanzáramos metafóricamente contra nuestros padres? Pensad en lo que significa la palabra “educación”: uno nace siendo una bestia salvaje que sólo piensa en sí mismo y en satisfacer sus instintos. Durante un tiempo, las cosas van bien, porque uno no necesita gran cosa (ni tiene demasiados instintos) y cuenta con sobrada atención por parte de los padres. Pero pasado un tiempo comienza el proceso de socialización, que consiste básicamente en reprimir el instinto y los deseos. Eso no se hace, eso no se toca, no hables con la boca llena, no te tires pedos ni te hurgues la nariz, no te hagas pajas, respeta a los mayores, no puedes hacer eso, estás obligado a hacer eso otro, no te quejes, obedece, respeta la propiedad ajena, guarda silencio, estudia, no digas tacos, siéntate bien, no hagas ruido... Para eso sirven la familia y el colegio, para reprimir todo aquello que queremos hacer, y potenciar todo lo que nos toca las narices. Pues bien, después de tres o cuatro lustros sometidos a esa (necesaria pero tocapelotas) tiranía socializadora, cuando los jóvenes comienzan a liberarse del yugo paterno y de la cárcel colegial, ¿cómo creéis que están?

Pues, aparte de repletos de hormonas, están hartos, hasta las pelotas de la autoridad, sea del tipo que sea; arden en deseos de libertad y rechazan muchos de nuestros valores, porque ciertos valores (como la disciplina, por ejemplo) son cojonudos cuando tienes la sartén por el mango, pero una carga muy pesada si quien se fríe en el aceite eres tú. La energía que desprenden, esa energía que en parte es producto del hartazgo y el hastío, puede -siempre de forma minoritaria, no lo olvidemos- convertirse en furia y destrucción, como ocurrió en Pozuelo. Pero no nos engañemos, la mayor parte de los jóvenes (incluyendo a los violentos) disipará esa energía en chorradas y acabarán asimilándose al sistema, ingresando en las filas de nosotros, los zombis. No obstante, una pequeñísima parte de los jóvenes utilizarán esa energía de forma positiva, revolucionaria e innovadora, consiguiendo con ello que algunos valores caducos se desmoronen y que le mundo cambie un poquito para mejor.

Entonces, ¿a quién tememos los dinosaurios? ¿A los jóvenes violentos? No, son pocos y con un par de hostias la cosa se soluciona. ¿A los futuros zombis entonces? Tampoco; ellos nos sustituirán, pero antes, durante un tiempo, serán nuestros esclavos. A quien realmente tememos las viejas generaciones es a los jóvenes brillantes e inadaptados, pues ellos me echarán a mi de mi sillón de escritor, y a vosotros de vuestros puestos de trabajo, porque son mejores o, cuando menos, más nuevos. Les tememos porque no tienen poder, pero sí razón, y su razón acabará imponiéndose. Les tememos porque su simple presencia nos dice que nuestras creencias están obsoletas, que nuestro tiempo se está acabando, que ellos tienen fuerza para cambiar las cosas y nosotros ya no.

En el fondo, la brecha generacional no es más que una forma como otra cualquiera de temor al cambio, la impotencia y la muerte.